Los blogs de Plusgenealogía

23 diciembre 2009

LA NOBLEZA TITULADA (VI)

La perpetuidad del título nobiliario es una de sus características más relevantes pues, aunque hay ejemplos de títulos otorgados con carácter meramente vitalicio y sus efectos se extinguen con la vida del concesionario, tales ejemplos son excepcionales en España. Cabe citar, en tiempos recientes, el caso del eximio arabista don Emilio García Gómez, nombrado conde de los Alixares (cuya eufónica denominación alude al palacio granadino de ese nombre) por Carta firmada por Don Juan carlos I con fecha 7 de octubre de 1994, con esa especial nota de que el título no se transmitiría a su descendencia, por lo que el título sólo tuvo existencia durante unos meses, ya que el ilustre académico falleció menos de un año después, el día 31 de mayo del años siguiente.

                     Dali

Otro ejemplo es el marquesado de Dalí de Pubol (en las disposiciones legales, escriben así este nombre, mientras que en la lápida sepulcral del pintor, en Figueras, lo ponen con acento en la “u”)concedido, según se publicó en el Boletín Oficial del Estado de 26 de julio de 1982, como perpetuo para el genial pintor Salvador Dalí Doménech y sus sucesores -que, en principio, deberían buscarse en la hermana del concesionario, Ana María Dalí Doménech, y en su prole-. Pero, a solicitud del propio artista, y por haber surgido notables diferencias en el seno de su familia, se transformó en vitalicio por el Real Decreto 1377/1983 de 20 de abril, por el que Su Majestad el Rey. Por todo ello, el marquesado de Dalí de Pubol se extinguió, con la vida del pintor, el 23 de enero de 1989. La denominación de esta dignidad hace alusión también a una residencia palatina, el castillo de Púbol, en el que vivieron sus últimos años Salvador Dalí y su esposa Gala Diakonova, la cual está sepultada en su cripta. José Luis Sampedro

Vicepresidente de la Asociación de diplomados en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria

LA NOBLEZA TITULADA (V)

En ciertos estados europeos que accedieron a la independencia en el siglo XIX al sacudirse el yugo otomano (Grecia, Servia, Bulgaria, Rumanía y Bulgaria) y, más recientemente, Albania y Montenegro o, en otras circunstancias, el reino de Noruega (separado del de Suecia en 1905), no se permitió la concesión de dignidades hereditarias nobiliarias, pese a haber en sus sociedades ilustres familias de prestigiosa nobleza, en la creencia de que se trataba de una institución contraria al principio de igualdad entre los ciudadanos. En esa misma línea de pensamiento, las monarquías supervivientes de Suecia o del Reino Unido han abandonado la práctica de conceder títulos hereditarios y las dignidades otorgadas en los últimos decenios lo han sido a título vitalicio. Problema diferente a este, aunque parecido formalmente, es el de los títulos vitalicios que en el reino de España ostentan algunos miembros de la familia real y que trataremos más adelante, cuando analicemos el Decreto de 1987 que regula esa cuestión en nuestra patria. Sin intentar hacer apología de la institución nobiliaria, el autor de estas líneas cree que puede mantenerse su existencia jurídicamente como recuerdo cultural de modos pretéritos de organización social, habida cuenta que en nuestros días ha perdido totalmente todos los elementos discriminatorios que antaño pudo tener, puesto que no puede ser de otra manera desde que se impuso el sistema liberal en 1834 y así se consagra con la Constitución vigente de 1978 y el resto del ordenamiento jurídico español.

José Luis Sampedro

Vicepresidente de la Asociación de diplomados en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria

1 diciembre 2009

LA NOBLEZA TITULADA (IV)

La convivencia de los nuevos planteamientos igualitarios, propiciados por los liberales, con esquemas subsistentes del Antiguo Régimen resulta, a veces, de difícil comprensión. La pervvivencia de la nobleza hereditaria sólo llega realmente a ser posible en nuestros tiempos a través de una profunda adaptación de sus caracteres, quedando en gran medida vacía de contenido y relegando la esencia de la institución a una mera forma de denominación social demostrativa del aprecio regio, de forma que subsista esta muestra del aprecio del soberano en las generaciones futuras gracias al carácter hereditario de esa forma especial de denominación personal. Mediante ésta se honra a una persona con méritos que los poderes públicos, representados por el Rey, consideran de relevancia suficiente para justificar la posibilidad de que el ejemplo de ese personaje alcance a las generaciones futuras por la sucesión hereditaria en el título. La esencia del fenómeno la expresaba muy bien un letrado del Consejo de estado, Leopoldo Calvo-Sotelo Ibáñez, en el texto de un dictamen en el que afirmaba, poéticamente, que se trataba de verter vino viejo (la figura histórica del título nobiliario, superviviente de una sociedad estamental) en odres nuevos (la organización social democrática e igualitarista en algunos puntos, consagrada en el orden constitucional).

José Luis Sampedro

Vicepresidente de la Asociación de diplomados en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria

12 noviembre 2009

LA NOBLEZA TITULADA (III)

Una de las notas características de los títulos nobiliarios es que, por regla general, se transmiten hereditariamente entre los miembros de la familia del concesionario. Aquí reside una de las críticas más comunes a esta figura premial, tachándose de injusto el que los descendientes de un personaje, por muy notable que éste haya sido, sean honrados socialmente sin más mérito que el de llevar su sangre. Es evidente que la transmisibilidad de la nobleza a la descendencia del premiado (o, en su defecto, a sus ascendientes) es una pura ficción, una convención social que persigue la permanencia de la representación del homenajeado por sus descendientes y sucesores, y que en algunos casos puede ser útil por la aplicación espontánea por parte de los implicados del viejo aforismo “nobleza obliga”, de tal manera que muchos aristócratas y nobles se ven compelidos añ servicio a la comunidad por los méritos de sus propios antepasados. Así, somos testigos del planteamiento expreso de un hidalgo que afirmaba que para llevar con dignidad un título de los antepasados el titular debía haber realizado méritos como para recibir otro semejante.

No es menos cierta la degeneración de algunos razas que otrora prestaron grandes servicios al país, resultando verídica la figura, que algunos pretenden literaria, del marqués decadente que se comporta de manera harto indecorosa, deslustrando así una brillante trayectoria familiar y dejando a sus hijos una triste herencia moral.

José Luis Sampedro Escolar

Vicepresidente de la Asociación de diplomados en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria

3 noviembre 2009

LA NOBLEZA TITULADA (II)

En España, para concretar el escenario de nuestras palabras, se produjo en el siglo VIII una situación determinante en la evolución del proceso, se trata de la crisis y desaparción del reino visigodo con la invasión musulmana, que origina aquella peripecia histórica que se desarrolla a lo largo de ochocientos años y que llamamos Reconquista, con sus múltiples mitificaciones y leyendas pero que se encaminó, por múltiples vericuetos, a la reconstrucción del reino cristiano visigodo en el ámbito peninsular y en el archipiélago balear. Este periodo histórico, paralelo a la consolidación de las grandes monarquías europeas -Francia, Inglaterra, Portugal- nos lleva directamente a la culminación de la Reconquista, alcanzando el Renacimiento con la toma de Granada, en 1942 y la posterior incorporación de Navarra a comienzos de la centuria siguiente.

La política de los Reyes Católicos, tendente a la consolidación del poder real frente al de la nobleza, convierte a esta en cortesana, centrando su actividad en los cargos palatinos, en milicia, en la diplomacia y otras funciones similares, detándolas de los perfiles que van a caracterizarla durante el resto del Antiguo Régimen hasta que en nuestra aptria se reciban tardiamente los principios igualitaristas de la revolución norteamericana y de la francesa de finales del siglo XVIII que España asimila matizadamente, a partir de 1834, con el periodo que se abre a la muerte de Fernando VII, en lo que se llama La confusión de estados, tímidammente planteada con anterioridad en el periodo constituyente frustrado de las Cortes de Cádiz y durante el Trienio Liberal que va de 1820 a 1823,

José Luis Sampedro

Vicepresidente de la Asociación de diplomados en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria

1 noviembre 2009

LA NOBLEZA TITULADA (I)

Los altos personajes de la corte eran los personajes del rey, los comes, los condes. Así, por ejemplo, el conde de los establos era en su origen el condestable que después de ser el encargado de las tropas ecuestres cercanas al rey pasó a ser el custodio del sello real. Otros condes representaban el poder del rey en ciertas regiones como gobernadores y ejercían en su nombre funciones tan importantes como impartir justicia o recaudar impuestos.

El conde, para los germánicos, es el graf. Si se trata del conde de una zona fronteriza, la marca (mark) será el "markgraf", es decir, el margrave, el marqués. La Marca Hispánica (coincidente en gran medida con lo que hoy conocemos por Cataluña) era una zona fronteriza de la monarquía visigoda lo suficientemente importante como para que a su cabeza se pusiese a un personaje de la mayor relevancia de la corte visigoda. Otras regiones importantes que no fueran fronterizas quedaban reservadas a "dux", y por eso se llamaron ducados, como el de Cantabria o el de Mérida.

Vemos así como nacieron los duques, los marqueses y los condes. Los que actuaban de segundos de los condes eran, lógicamente, los vizcondes, los vice- condes, que ocupa su puesto en ausencia y resulta así su "teniente" y, en muchos casos su sucesor.

Los barones y señores, en zonas más pequeñas, siguen esquemas parecidos. El desempeño de estas funciones termina haciéndose, en la práctica, privativo de los linajes más influyentes de la zona, hasta convertirse en hereditario en ciertas familias, primero con la aquiescencia regia y más tarde por la cristalización lógica del sistema. José Luis Sampedro

Vicepresidente de la Asociación de diplomados en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria

2 octubre 2009

La nobleza (II)

nobleza_II Con la caída del imperio romano, los reinos altomedievales surgidos de las invasiones bárbaras mantienen un sistema parecido, en el que la pertenencia a las élites nobiliarias viene dada por el derecho de sangre, es decir, por la pertenencia al linaje noble al descender de él por línea de varón. La ley sálica, la ley de los salios, establecía rigurosamente el principio de agnación por el cual la nobleza se transmite por la línea de varón y la mujer sigue la condición del marido; por ello, según el viejo aforismo franco, el rey hace reina a la pastora. Siguiendo este principio, las Leyes de Partidas de Alfonso X el Sabio declaraban que la mujer del conde sería condesa y la del hidalgo sería hidalga. Por el contrario, la mujer noble que matrimoniaba con un plebeyo perdía su estatuto privilegiado y su descendencia no se encuadraba en la nobleza.

Junto a la nobleza de sangre, ha de considerarse la nobleza de cargo, lo que en Francia se llama noblesse du robe, reconocida en las antes mencionadas Partidas de Alfonso X. El fenómeno de extensión de los privilegios nobiliarios se hizo tan acusado tras la guerra civil entre Pedro I de Castilla y su hermano Enrique, llamado precisamente por su generosidad en estos asuntos el de las Mercedes, que surgió una nueva nobleza, seguidora de los Trastámara, integrada por burgueses, prestamistas, ganaderos y comerciantes. Pero algunos autores señalan con acierto que, junto a los nuevos linajes, se conservan algunos antiguos que se aliaron a los nuevos monarcas, así como segundones de las viejas familias. Tan numerosos fueron los privilegios, que, desde el reinado de Juan II hasta el del Emperador Carlos V, se alzaron numerosas voces (sobre todo en las Cortes) pidiendo coto a tal situación. Las reticencias para empadronar a los nobles como tales originaron numerosos pleitos de hidalguía, mediante los cuales los afectados trataban de evitar verse empadronados como hombres buenos pecheros, fenómeno agudizado en el siglo XVIII al elaborarse el frustrado Catastro del marqués de la Ensenada.

Los privilegios de que gozaba la nobleza en el terreno fiscal y en las levas de ejércitos obligaban a los concejos municipales a tratar de evitar en lo posible el reconocimiento de los numerosos hidalgos existentes en algunas zonas de España, produciendo esos pleitos, largos y costosos, que no todos los hidalgos podían costearse, pero que a los investigadores genealógicos nos aportan multitud de datos preciosos.

José Luis Sampedro Escolar

Vicepresidente de la Asociación de diplomados en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria

11 septiembre 2009

LA NOBLEZA (I)

nobleza_I

Podrían escribirse varios tratados acerca de la Institución social que conocemos por Nobleza, tan antigua como la civilización, la cual ha evolucionado enormemente a lo largo de la Historia, hasta adquirir los caracteres actuales, que expondremos de manera sucinta, procurando ser claros, en los párrafos siguientes.

Los imperios de la Antigüedad -Asiria, Babilonia, Persia, Grecia y Roma- se estructuraban socialmente con la división de la población en hombres libres y esclavos; entre los primeros, se distinguían los nobles y los plebeyos, con mayores o menores matizaciones. En Roma, madre de nuestra cultura, los patricios se encontraban en la cúspide de la sociedad, situándose bajo ellos los equites -caballeros de la baja nobleza- y las distintas clases de ciudadanos y hombres libres. Los esclavos, sin personalidad jurídica, eran la última capa de la sociedad. Éstos podían ser nobles de origen, pero caídos en su condición de esclavitud, su condición noble tenía escasa virtualidad.

En estas civilizaciones, los miembros de la nobleza compartían con el monarca, en mayor o menor grado, el control social, político, económico, militar y religioso. Noble, etimológicamente, se emparenta con notable (gnoscible= reconocible), es decir, el que es conocido: los jefes de los clanes, los sacerdotes, los caudillos militares, los más ricos, los más instruídos,... La nobleza se configura así ante la sociedad como un cúmulo de virtudes concurrentes en una persona, pero la pertenencia al estamento nobiliario sólo se alcanza mediante la declaración del poder social constituído (rey, senado, concejo, parlamento,...) que reconoce esas virtudes en una persona o un linaje, en el caso habitual de ser transmisible a su descendencia ese reconocimiento. Como estas características tienden a transmitirse por el ejemplo, y la educación a casi todos los miembros de la familia, la condición de la nobleza y la situación de privilegios que comporta se hace hereditaria de una manera casi automática, a lo que contribuye poderosamente la endogamia que practica este grupo en todas las civilizaciones.

por José Luis Sampedro Escolar

Vicepresidente de la Asociación de diplomados en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria

1 agosto 2009

LA HERÁLDICA (IV) ALGUNAS NOCIONES DE HERÁLDICA

Los esmaltes que se usan el heráldica para los campos de los escudos y para las piezas y figuras que en ellos se representan son los siguientes: oro, plata, púrpura, sinople (que es verde), azur (azul), gules (rojo) y sable (negro). En la heráldica inglesa también se emplean el naranja y el violeta. En muchas ocasiones, cuando se representan personas, animales o vegetales, se utilizan sus colores naturales. Una ley heráldica, incumplida con frecuencia, establece que los metales (oro y plata) no deben representarse sobre metales ni los colores sobre colores. Los metales y los colores se representan de modo gráfico por un útil sistema de líneas y puntos, creación del Padre Pietrasanta. heraldica_IV

Existen también los forros, entre los que mencionaremos los armiños, los veros y los contraveros. Al centrar nuestro interés principalmente en la genealogía no podemos entrar en la infinidad de piezas y figuras que pueden encontrase en el interior de los escudos de armas, salvo indicar que son decenas las primeras e infinitas las segundas, reales, ficiticias, o mitológicas.

José Luis Sampedro Escolar

Vicepresidente de la Asociación de diplomados en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria

13 julio 2009

Genealogía 2.0

Para estas alturas muchos de vosotros estaréis ya familiarizados con el término Web 2.0, que simboliza el renacimiento y la evolución de Internet hacia aplicaciones web enfocadas al usuario final. Pero ¿qué entendemos por Genealogía 2.0? Pues sencillamente la aplicación de estas nuevas herramientas a la Genealogía.

Web2.0.jpg

El descubrimiento de Internet supuso, en si mismo, una evolución sin precedentes de la Genealogía. Nuevas herramientas de comunicación, como el correo electrónico o los tablones de anuncios, y las primeras páginas web genealógicas, como El Anillo o España GenWeb, ayudaron a dar los primeros pasos a una nueva generación de genealogistas.

Pero estos entornos estáticos se han visto superados por las nuevas aplicaciones encuadradas en la llamada web 2.0. Los tablones de anuncios fueron rápidamente superados por foros y listas de correo, que aportan inmediatez y avivan las discusiones genealógicas.

Redes sociales como Facebook nos permiten localizar y contactar amigos de los que hace tiempo que no sabíamos nada, familiares que no conocíamos y genealogistas que comparten nuestra afición, nuestro apellido o incluso nuestras búsquedas.

PlusGenealogia.jpg

Esas primeras páginas web estáticas de las que hablaba han dejado paso a sitios web dinámicos y blogs genealógicos que renuevan sus contenidos casi diariamente, permitiendo la colaboración de los usuarios, bien vía comentarios (como en este blog de PlusGenealogía), bien vía introducción de contenidos (como en las listas rápidas de apellidos de ListGene).

La sindicación de contenidos permite al usuario estar al corriente de las nuevas informaciones de un sitio web, como en el caso de PlusGenealogía, que permite suscribirse y recibir gratuitamente todos los artículos y comentarios publicados en su blog.

Y uno de los aspectos más revolucionarios: el desarrollo de servicios en las nubes que reemplazan a las aplicaciones de escritorio. Ya no es necesario cargar en nuestro ordenador un software genealógico en el que luego crearemos nuestra base de datos genealógica. Sitios web como PlusGenealogía nos permiten introducir los datos de nuestro árbol genealógico y tenerlo "en las nubes", en un servidor externo, accesibles desde cualquier ordenador y a salvo de virus y otros desastres informáticos.

Pero no nos confundamos, Genealogía 2.0 no son las nuevas teconologías aplicadas a la historia familiar; Genealogía 2.0 es, ante todo, una actitud que debemos tener; una actitud basada en la participación.

1 julio 2009

LA HERÁLDICA (III) ALGUNAS NOCIONES DE HERÁLDICA

Los escudos no son los únicos emblemas heráldicos sino la base de los más importantes; entre tales emblemas, los llamados escudos de armas o, simplemente, las armas que aparecen representadas en los mismos. Los escudos tienen íntima relación con sus elementos externos -yelmos, coronas o mitras que los timbran-, los lambrequines, los tenantes y los soportes, las condecoraciones e insignias que se acolan, las banderas que los ornan, etc. Diferentes, aunque parecidas, son las divisas personales, como el yugo adoptado por el Rey Fernando el Católico en homenaje a su esposa Isabel I de Castilla y las flechas que en contrapartida usó la Reina como referencia a la letra inicial del nombre de su marido. Igualmente tienen carácter de divisa personal las columnas de Hércules, emblema heráldico adoptado como representación personal por el Emperador Carlos V y que, con el transcurrir del tiempo, daría lugar al nacimiento del signo del dólar ($), cuyo anagrama no es más que la esquematización de las aludidas columnas y de la filacteria o cinta en la que se escriben las célebres palabras PLUS ULTRA, alusivas a la empresa del descubrimiento y colonización de América.

En cuanto al escudo de armas estrictamente considerado, las formas que puede adoptar, según la procedencia geográfica o el uso al que se destine, son el escudo español, francés, inglés e italiano, en razón de la mencionada procedencia. Los escudos ovalados pertenecen a las mujeres, que también los emplean romboidales (en losange). Algunas ciudades, en especial de la zona mediterránea, los usan cuadrados, apoyados sobre uno de los ángulos, como en los casos de Barcelona y Valencia.

Por la época y el estilo artístico al que corresponda caben infinidad de variantes pero ha de tenerse en cuenta que el momento de mayor pureza de la heráldica es la Edad Media. Los escudos renacentistas, barrocos y de estilo rococó, aunque nos parezcan de gran belleza son bastante decadentes y, en ocasiones, excesivamente fantasiosos.

José Luis Sampedro Escolar

Vicepresidente de la Asociación de diplomados en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria

26 junio 2009

LA HERÁLDICA (II)

Aunque el gran público asocie la imagen de los escudos heráldicos con la nobleza, la teoría desmiente esta idea. En casi todos los países en los que la heráldica sirve para identificar a personas y familias, la adopción de un escudo no requiere necesariamente la posesión previa de la nobleza, pues en nuestro entorno cultural los escudos heráldicos sirven tanto para distinguir a nobles y reyes como a gremios, ciudades, comerciantes, prestamistas (luego convertidos en banqueros y financieros) y un largísimo etcétera de corporaciones y entidades de muy diversa índole.

De hecho, salvo en el antiguo reino de Navarra, la posesión de armas heráldicas no ha sido considerada como prueba de nobleza en ninguno de los reinos de España. Precisamente por ello, las menciones heráldicas en los expedientes de prueba de nobleza (en Chancillerías, Órdenes Militares, Maestranzas,…) no tiene casi cabida y, de hacerse mención a las armas de un linaje, se hace de pasada y sin demasiada insistencia, por ser conocida la escasa importancia que para la prueba de nobleza requerida representaba este dato. Mas, como avanzábamos, en Navarra la posesión de escudo de armas por una persona o familia sí era una de las más determinantes pruebas de nobleza, y, además, el uso indebido de tales emblemas era severamente reprimido por las autoridades, por considerarse un grave delito.

Por tanto, pese a lo sonoro de los términos usados en la heráldica, ésta debe considerarse como una ciencia que estudia una de las formas identificativas más interesantes de la cultura occidental, pero es un fenómeno social que no debe identificarse estrictamente con las clases nobles aunque, por lógica, en el estamento nobiliario florece alcanzando enorme brillantez. Dado que en el escudo de armas se cifra lo que de honroso tiene un linaje o la conmemoración de la hazaña de un héroe es lógico que el término “blasonar” signifique “hacer ostentación de alguna cosa con alabanza propia”, además de su originario significado de “describir correctamente un escudo de armas”.

__José Luis Sampedro Escolar

Vicepresidente de la Asociación de Diplomados en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria__

12 junio 2009

LA HERÁLDICA (I)

La heráldica, según recoge el Diccionario de la real Academia española, es la ciencia del blasón, es decir, el conjunto de reglas que nos sirven para componer y describir correctamente escudos de armas. Esta definición nos lleva, de modo inevitable, a definir los escudos de armas, que son los emblemas que se pintan sobre un campo con forma de este arma defensiva (el escudo) y que sirva para identificar reinos, ciudades, personas, gremios, etc.

La heráldica, tal y como la entendemos en la actualidad, nació a finales del siglo XII en la zona geográfica a ambos lados del canal de la Mancha, extendiéndose con gran rapidez por las isalas británicas, Francia, Alemania, Países bajos y Flandes, Luxemburgo, Italia, Aragón, Castilla y Portugal. Su rápida expansión es fácil de explicar en un mundo en continuas luchas en el que era muy difícil reconocer a los aliados y a los adversarios, de tal manera que los colores brillantes de las divisas heráldicas permitían este reconocimiento en el caso, tan frecuente en la edad media, de que los combatientes ocultasen su rostro con la celada de yelmos y cascos. Los grandes señores –reyes, príncipes, prelados y magnates en general- eran quienes levantaban más numerosos ejércitos, en derredor de cuyas enseñas se agrupaban las huestes en marcha y en la batalla, y por ello, los emblemas heráldicos van adquiriendo un tinte de nobleza, prestigio y poderío que a los ojos sencillos de las multitudes medievales los convierten en la representación de estos bienes tan preciados.

Antes de avanzar más en el sugerente mundo de la Heráldica subrayemos su doble carácter simbólico y emblemático y aclaremos sus diferencias. Un símbolo representa a algo que no existe materialmente: el color verde simboliza la esperanza; el negro, simboliza el luto. Un símbolo también puede representar algo existente de una manera genérica: el química, las letras AU son el símbolo del oro. Un emblema representa algo existente: un partido político, un equipo deportivo, una ganadería. No es difícil entender que un escudo heráldico es emblema de una persona, una familia o un reino, pero también es símbolo del orgullo de sus gestas, de las hazañas de los antepasados, de la esperanza en el futuro de la patria o del amor a los antepasados. Por tanto, un escudo heráldico es, por una parte, simbólico y por otra, emblemático (adjetivo éste ahora usado con exageración pero que en este caso resulta imprescindible).

José Luis Sampedro Escolar

Vicepresidente de la Asociación de diplomados en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria

22 mayo 2009

LA ICONOGRAFÍA FAMILIAR (VI)

Algunas personas que han perdido en diversos avatares (guerras, inundaciones, incendios) los auténticos retratos de su familia, se hacen pintar de memoria versiones similares a los retratos robot de la policía, o adecúan con repintes cuadros antiguos comprados al efecto, a los que se añaden las oportunas condecoraciones, cartelas identificativas o armas heráldicas si a ello hubiese lugar. Es la misma labor que realizaban, hace siglos, los grandes aristócratas cuando se inventaban las galerías apócrifas de antepasados, personajes que existieron realmente pero que jamás fueron retratados, obteniendo así una especie de efigie simbólica o icono ante el que ejercer esa liturgia del recuerdo de los antepasados que el hombre practica desde hace siglos.

Como en todas las facetas de la vida, la prudencia, la mesura y el buen gusto son requisitos necesarios o, al menos, convenientes. Algún título del reino se hizo pintar antepasados luciendo la insignia del Toisón de Oro en épocas en que no se había creado esta Orden, aunque es peor lo de aquella conocida familia que ponía al pie de las imágenes de la Virgen: Santa María, Madre de Dios y pariente nuestra.

Del papel preferente que ocuparán en el recuerdo del linaje las representaciones de sus armas heráldicas (en pintura, talla, esmalte, vidriera, tapiz, repostero, etc.) hablaremos más adelante, cuando toquemos con detalle la heráldica en sus relaciones con la genealogía.

José Luis Sampedro Escolar Vicepresidente de la Asociación de diplomados en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria

8 mayo 2009

LA ICONOGRAFÍA FAMILIAR (V)

Atención: es frecuente el fenómeno de la frustración de aquellos investigadores de su propia familia quienes, no encontrando en sus pesquisas los retratos apetecidos, que tanta elegancia confieren a un gabinete o un despacho, se los procuran por otras vías que no aconsejamos porque pueden provocar un ridículo espantoso. Resulta patético el caso del sujeto que nos presenta ufano, como retrato de una antepasada, el de una distinguida dama decimonónica con elegantes bandós que enmarcan sus facciones, cuando recordamos perfectamente haberla visto en una subasta reciente. Al regresar a casa comprobamos, catálogo en mano, que la antepasada de turno le costó a nuestro conocido algo más de 700 euros, a los que habrá de añadir, los impuestos correspondientes y el porcentaje de la sala, más, en este caso, la restauración del marco, necesaria de todo punto.

Para hacer presente la memoria de nuestros antecesores pueden servirnos también los documentos antiguos en que se les mencione, como diplomas o nombramientos, o aquellos en los que apareciese su firma. Este es un elemento que, a través de la grafología, nos puede ayudar a conocer mejor al personaje estudiado. Igualmente puede completarse la memoria gráfica del linaje con bordados realizados por nuestras tías abuelas cuando eran niñas (en muchas casas quedan esos abecedarios llamados dechados), las insignias, medallas, alhajas y relojes u otros objetos de uso personal con sus iniciales o dedicatorias grabadas, algunas entrañables por referirse a aniversarios señalados. Podemos completar esta faceta con las imágenes de los santos a los que se tuvo especial devoción en la familia o en cuyas cofradías militaron nuestros parientes así como grabados antiguos de las localidades de donde procedían y mapas contemporáneos de las épocas en las que allí radicaron.

José Luis Sampedro Escolar Vicepresidente de la Asociación de diplomados en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria

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