Con la caída del imperio romano, los reinos altomedievales surgidos de las invasiones bárbaras mantienen un sistema parecido, en el que la pertenencia a las élites nobiliarias viene dada por el derecho de sangre, es decir, por la pertenencia al linaje noble al descender de él por línea de varón. La ley sálica, la ley de los salios, establecía rigurosamente el principio de agnación por el cual la nobleza se transmite por la línea de varón y la mujer sigue la condición del marido; por ello, según el viejo aforismo franco, el rey hace reina a la pastora. Siguiendo este principio, las Leyes de Partidas de Alfonso X el Sabio declaraban que la mujer del conde sería condesa y la del hidalgo sería hidalga. Por el contrario, la mujer noble que matrimoniaba con un plebeyo perdía su estatuto privilegiado y su descendencia no se encuadraba en la nobleza.
Junto a la nobleza de sangre, ha de considerarse la nobleza de cargo, lo que en Francia se llama noblesse du robe, reconocida en las antes mencionadas Partidas de Alfonso X. El fenómeno de extensión de los privilegios nobiliarios se hizo tan acusado tras la guerra civil entre Pedro I de Castilla y su hermano Enrique, llamado precisamente por su generosidad en estos asuntos el de las Mercedes, que surgió una nueva nobleza, seguidora de los Trastámara, integrada por burgueses, prestamistas, ganaderos y comerciantes. Pero algunos autores señalan con acierto que, junto a los nuevos linajes, se conservan algunos antiguos que se aliaron a los nuevos monarcas, así como segundones de las viejas familias. Tan numerosos fueron los privilegios, que, desde el reinado de Juan II hasta el del Emperador Carlos V, se alzaron numerosas voces (sobre todo en las Cortes) pidiendo coto a tal situación. Las reticencias para empadronar a los nobles como tales originaron numerosos pleitos de hidalguía, mediante los cuales los afectados trataban de evitar verse empadronados como hombres buenos pecheros, fenómeno agudizado en el siglo XVIII al elaborarse el frustrado Catastro del marqués de la Ensenada.
Los privilegios de que gozaba la nobleza en el terreno fiscal y en las levas de ejércitos obligaban a los concejos municipales a tratar de evitar en lo posible el reconocimiento de los numerosos hidalgos existentes en algunas zonas de España, produciendo esos pleitos, largos y costosos, que no todos los hidalgos podían costearse, pero que a los investigadores genealógicos nos aportan multitud de datos preciosos.
José Luis Sampedro Escolar
Vicepresidente de la Asociación de diplomados en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria